Escribió Hans Christian Andersen que en 1837 había una vez un Emperador que encargó un traje nuevo a dos bribones que prometieron hacerle un traje con una tela tan especial que solo podría ver quienes no fueran tontos o indignos de su cargo.
Posiblemente, si Andersen trasladara ese cuento a nuestros tiempos, añadiría que los pícaros aduladores y ”palmeros” que habían urdido el engaño solo acumulaban el oro mientras costeaban comidas y vermús con caudales públicos y se acopiaban de los ricos materiales que recibían mientras hacían como que tejían.
Cuando los asesores del Emperador fueron a ver a los sastres, tuvieron miedo de ser tomados por tontos, y regresaron alabando la magnificencia del fabuloso traje.
Lo mismo ocurrió con cuantos los visitaron, ¡incluso con el propio Emperador!, quien, cuando el traje estuvo listo, no dudó en quitarse sus ropas y desfilar durante meses engalanado con sus invisibles telas de nada que también eran alabadas en público por todo el burgo. Pueblo a pueblo.
Hasta que un niño gritó entre risas «El emperador está desnudo» y todos, incluido el Emperador, se dieron cuenta del engaño. Aunque ya era tarde.
Las arcas estaban vacías y el traje era nada. La sorpresa para el emperador fue mayúscula porque, pueblo a pueblo, todos le habían dicho lo magníficamente bien que se le veía y que lucía con su traje de nada.
Pueblo a pueblo; benditos niños y malditos aduladores. Pueblo a pueblo.


