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Menos pin y más Nosolopam. Recuperamos la entrevista con Pamela Palenciano

Hoy hemos creido necesario recuperar este entrevista con Pamela Palenciano del 29 de enero de 2020, una mujer que a través de un monólogo ha querido mostrar y explicar, con un mensaje dirigiso sobretodo a los más jóevenes, qué es la violencia tanto para que sepan reconocerla cuando se ejerce contra ellos, como para concienciarlos a no ejercerla, pero también para que sean capaces de detectarla cuando ellos son los que la protagonizan.

Ahora, o mejor dicho de nuevo, cargan contra ella. La vuelven a golpear, aunque de otra manera. Porque a la monologuista y activista Pamela Palenciano no han cejado de acosarla desde hace años, de hacerle daño. Porque no sólo duelen los golpes.

Una entrevista de Olivia Abad

Como colofón a esta semana plagada de noticias, bulos, amenazas a profesionales educadoras, chistes en las redes sociales al respecto de un «pin»; el sábado pasado tuvimos el privilegio de compartir en el teatro Cervantes de Arnedo la nueva puesta en escena del monólogo de Pamela Palenciano «No solo duelen los golpes». Una nueva versión dirigida por Darío Valtancoli.

Mientras preparo los bártulos para la entrevista ella se dirige al camerino cantando. Intuyo que es para calentar la voz y relajarse, pero me dice que en esta nueva versión también canta. En el monólogo la escucharemos cantar por su abuela, que tras cantar en público una vez en su vida recibió la orden, acompañada de golpes, de no volverlo a hacer.

Decidimos sentarnos en el banco que emplea como único atrezo de su obra, iluminado según lo requiera la escena a representar. A lo lejos, colgada en una percha en un lateral del escenario nos mira una sudadera con capucha. La sudadera que transforma a Pamela en Antonio, su novio de los 12 a los 18 años cuya relación que es el origen de este monólogo llevado a su máxima expresión en esta última versión; y también el origen de su infierno. Un monólogo de casi dos horas de una sola persona transmitiendo energía a cada movimiento e interpretando personajes totalmente contrapuestos con un simple giro de cara.

Llevas 16 años con este proyecto.

Este proyecto comenzó como una exposición fotográfica, pasó a ser un taller, y después se convirtió en monólogo. Tras ocho años en El Salvador y otros ocho aquí, con esta nueva versión espero poder llegar a más público, poder estar un poco más tranquila para poder dedicarme a otros proyectos: más talleres, un proyecto con niñas en El Salvador al que dedicamos toda la recaudación del merchandising…

¿Cómo ves la evolución del público a lo largo de estos 16 años?
Un cambio brutal. De una ignorancia profunda asociando el estereotipo de «mujer maltratada» a una «mujer mayor», a que ya exista la conciencia de que maltratadas podemos ser cualquiera. De hecho, quiero ir más allá, porque hablar de mujeres maltratadas nos aleja. Las mujeres enfrentamos violencia, da igual cuándo nos toque. Comenzamos por el concepto de violencia doméstica, pasamos a violencia intrafamiliar, de ahí a violencia de género, a violencia machista, y ahora ya hablo de violencia patriarcal.

En el público adulto no percibo tanta diferencia, el sector más conservador no va a venir a verme. En el público adolescente es donde más percibo la evolución, de una apertura en los últimos años a lo que decía «la profe» a «es una feminazi, porque los hombres también sufrimos». es un discurso que escucho tanto en las redes como en las clases. Cosas que están ocurriendo este último año no me habían pasado nunca. Esta misma mañana me he fotografiado con las compañeras de Serise, esta semana hemos compartido espacio en los Medios de Comunicación debido a la polémica del pin parental.

Ocho años de proyecto en El Salvador. ¿Qué diferencias observas en el tipo de violencia ejercida en América y Europa?

En Europa la violencia es más sutil, en América es más explícita. Si hablamos de violencia extrema, es decir el hecho de asesinar a alguien, evidentemente América se lleva la palma. pero, puestos a hablar de cifras, que no me gusta nada, sería espeluznante el número de mujeres «muertas en vida» aquí en España y europa. En Iberoamérica enfrentan violencia, pero debido al contexto cultural diferente tienen otra forma de resolver las cosas más rápido, es una cultura más corporal. Nuestra cultura «más racional» nos atasca más a la hora tomar medidas. De ahí la expresión «muertas en vida». De ellas no se habla, y las cifras aquí son más altas que allí: mujeres con multitud de trastornos psicológicos de las que nadie habla ni busca las causas.

Un cambio brutal. De una ignorancia profunda asociando el estereotipo de «mujer maltratada» a una «mujer mayor», a que ya exista la conciencia de que maltratadas podemos ser cualquiera.

Comenzaste a representar este monólogo como una reelaboración de tu propia experiencia de violencia. ¿Has salido ya de ese proceso o continúas «reelaborando»?

El teatro me ha puesto mucha distancia con esa herida de la adolescencia, por lo tanto ya no tengo que hurgar más en ella. Pero en cada monólogo me revuelvo, porque veo mis violencias; tanto las que enfrento, como las que ejerzo en el momento actual. No puedo parar de hacer el monólogo porque hay un «gerundio» en mí de deconstrucción permanente que me sirve para deconstruírme; para seguir aprendiendo y sanando tanto lo que pasó como lo que sigue pasando, ya sea con la pareja, en la familia…

Has hablado en los últimos años de la rapidez con la que se reproduce el ciclo de la violencia actualmente.

Todo va mucho más rápido ahora. No sólo en cuestión de redes, sino en localización. Si no contestamos de forma inmediata a una llamada el nivel de ansiedad, posesión y violencia es mayor. El hecho de no tener la posibilidad de respuesta inmediata otorga un tiempo de gestión de esa ira, pero en la actualidad estoy viendo a niñas pasar en un mes por lo que yo tardé en pasar un año. Me refiero al grado de violencia, porque durante ese año, por ejemplo, yo me vi sometida a un maltrato de sometimiento, que es más sutil, pero consigue anularte como persona. En los niveles de violencia que enfrentamos las mujeres no todas enfrentamos los mismos, depende de nuestra personalidad, circunstancia vital, pero todas podemos sentirnos identificadas con esas formas de violencia.

Terminamos hablando de la importancia que tiene el monólogo debido a su emocionalidad. Pamela habla directamente a tus entrañas, a tus emociones. Habla a todas las «Pamelas» y todos los «Antonios» que se encuentran en la sala y nos impele a posicionarnos , a identificarnos. Porque tanto Pamela como Antonio, como todos nosotros, estamos sometidos a una socialización de la desigualdad, del sometimiento, de la violencia, simplemente por el hecho de pertenecer a un género, una raza, una clase social, una orientación sexual.

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