Ahora, en mitad de un todavía no muy frío mes de octubre, paulatinamente «Pasa el otoño»; esa estación que invita a la reflexión, que a menudo simboliza el fin de una etapa y el comienzo de otra, que invita a soltar lo que ya no sirve y a prepararse para los cambios futuros tal y como lo hacen los árboles con sus hojas.
De forma inevitable, esto nos lleva muchas veces a pensar en Madrid. Siempre se dice que si hay una estación preciosa en Madrid, al igual que ocurre en La Rioja, esa es el otoño. Siempre se dice que si hubo un artista con una especial magia en los últimos años, este fue Antonio Vega.
INDUDABLE
Antonio Vega. Bello, maldito, eterno. La belleza que creaba con solo un susurro de voz era tal, que hacía detenerse el tiempo por unos instantes.
HIPNÓTICO
El cantante no fue solo una estrella del pop español, fue un alma rota que brilló demasiado fuerte. Un artista de una sensibilidad especial, desorbitante, desbordante, que dejaba en cada acorde magia, pero también un suspiro al borde del abismo. De una intensidad difícil de encauzar.
IMPRESIONANTE
Que la sección musical de ActualidadRiojaBaja se llame «El sitio de mi recreo» más que casual, es una clara manifestación de la devoción que desde este medio se le profesa al artista.
INHERENTE
La canción «Pasa el otoño» es la primera canción del melancólico y duro álbum «3.000 noches con Marga», el disco que el cantautor editó en el año 2005 tras la muerte de su pareja.
IMPRESCINDIBLE
«Pasa el otoño en Madrid/ y el color ocre se funde gris/ vuelven recuerdos de inviernos/ pasados junto a ti» comienza diciendo esta canción sobre la estación más melancólica del año y que da paso al duro y frío invierno, la estación en la que se sucedió el momento más duro que vivió Antonio Vega, con la pérdida de Marga que le dejó un corte en el alma imposible de sanar.
Y lo hace emergiendo desde la voz de Don Antonio Vega, ese «Chico triste y solitario» que vivió y pasó sus días a caballo entre su genio, el más grande, y sus demonios, los más cruentos y peores.
«Y es que de hecho hasta hoy, no me ha importado nunca donde voy, en cualquier puerto puedo recaer, ser quien sea, ser como soy». La canción no deja de ser una metáfora de la vida, del paso por las diferentes etapas personales de madurez de una persona, pero también de una relación, la de Antonio y Marga.
«Atados, manos y pies al corazón que fui fiel/ ojala me condenaran…, a la niñez».
«Pero después descubrí, que amar en libertad no era sufrir/ ojala me condenaran…, a compartir.
«Y llego la madurez, ideas claras saber lo que quieres ser/ ojala me condenaran…, a no volver».
Antonio Vega recorre todas estas estaciones una a una, haciendo creer que con el final de cada estación llegará ese estribillo que no termina de entrar, que sigue caminando pausadamente, hasta… ese invierno que no llega.
El otoño encarna en la canción el estado de madurez, de calma, de reflexión al que se llega desde el frenético verano. Fue durante esa madurez cuando el artista conoció a su compañera de vida, Marga, junto a la que, durante esa época y después de tocar fondo juntoss, logró rehabilitarse de sus adicciones intentando salvarse el uno al otro. «Ideas claras saber lo que quieres ser».
Pero la canción de ese disco que el maestro Antonio Vega dedica a las 3.000 noches vividas junto a Marga, aloja la posibilidad de hacer una lectura más personal; menos trascendental, menos relevante, menos notable, menos sustancial, menos vital; MÁS IMPORTANTE.
El paso de las estaciones deja de trascurrir justo antes de encarar el invierno que marca la vejez, ese invierno con el que se abre la canción y que también fue la estación que vio los últimos días de su compañera sentimental, de Marga,
Según cuentan sus conocidos, fue aquella época en la que Antonio y Marga más felices fueron, fue cuando mejor se encontraban ambos… hasta que una encefalitis bacteriana llevó a Marga al hospital, donde estuvo ingresada cerca de un mes, hasta su fallecimiento el 11 de febrero de 2004.
Puede que por eso el otoño sea el momento en el que Antonio Vega decida paralizar la canción, paralizar la vida, paralizar el tiempo y permanecer prolongadamente en él.
Que en él se regale ese tiempo para disfrutar y saborear prolongadamente las cosas; incluso las más pequeñas, como «escuchar crujir las hojas al andar». Deleitándose en él…
Dilatando la llegada del «invierno»… Evitando lo inevitable.
Antonio Vega siempre ha sentido y demostrado unas ganas inmensas de vivir. Querer «guardar esas hojas doradas hasta el mes de abril» que le regaló la madurez puede ser una declaración de intenciones de seguir adelante a pesar del duelo por la pérdida.
El disco «3000 noches con Marga» está compuesto por otras ocho canciones de bella factura que intentan componer un lienzo único, un lienzo de dolor por una pérdida que lo dejó roto para siempre. Un homenaje desde lo más profundo de Antonio Vega a su compañera, su amada, su espejo, su alma gemela.
Este lienzo tiene en «Ángel de Orión» el pináculo que sustenta la estructura, una estructura en cuyas paredes el cantautor graba su intención de volver a reencontrarse con esa mujer a la que entregó su corazón. Un armazón que culmina con la canción instrumental, «3000 noches con Marga», que late, que hace latir.
«Hacia finales del mes de junio del año 2004, y después de pasar por el peor momento de mi vida, sin duda, comenzó la aventura de este ‘3000 Noches con Marga’. Con vehemencia enfermiza, me sumergí en una dedicación incesante a mi trabajo. Escribí, arreglé y di forma, una a una, a los temas que componen esta obra en un momento en el que, como hoy, mi corazón se hallaba desbordado por el dolor. Todo giraba en torno a la figura de Margarita del Río Reyes, la mujer que me lo dio todo por nada y a la que he consagrado mi vida entera. Lo que me quede, de ella.»
escribió Don Antonio en el libreto de esta obra.
escribió Don Antonio en el libreto de esta obra.
Antonio Vega falleció el 12 de mayo de 2009 a los 51 años de edad, a consecuencia de un cáncer de pulmón que le habían diagnosticado meses antes. Se apagaba así la vida de uno de los mayores, más sensibles y mejores creadores en español de todos los tiempos.
Se iba, con su tristeza eterna, el maestro de las letras que pudo ser arquitecto, piloto de aviones o físico, pero que prefirió cincelar y tallar ese mundo (que siempre se le quedó pequeño), y el universo hasta lograr darle vueltas con el café.



