No creo en el destino. Jamás lo he hecho. Nunca he pensado que haya una segunda, tercera o cuarta mano que mece la cuna del devenir de cada uno. Jamás. En ningún momento he pensado que haya alguien, algo, un ente o un grupo de altas mentes decidiendo el futuro y el camino que sigue la vida de algo o alguien. Pero sí he creído en una balanza ficticia y etérea que trata de mantenerse siempre en constante equilibrio. A cada piedra de carbón, una onza de turrón. Un símil navideño que nada tiene que ver en estas fechas que corren, pero así nos entendemos todos a lo que me refiero.
Cómo os decía, la teoría de un destino marcado y un servidor nunca hemos sido amigos, ni tan siquiera lejanos. Pero sí que he creído siempre en que el camino se hace andando y se construye a base de hechos. Se construye con actos como la (posiblemente) mayor ovación que he vivido yo en un campo de fútbol, sin una victoria de por medio, a un equipo de mi ciudad en mis años de vida. A esa tristeza, a esa decepción consumada llegaron seis minutos y cincuenta y cuatro segundos de terapia grupal personificada por más de diez mil personas que vieron a su equipo caer ante el Hércules de Alicante y que sin embargo decidieron que no era el momento de echarse a llorar.
Porque la eliminatoria no se había remontado. Ni siquiera se había conseguido el premio de una victoria inerte. Pero durante esos seis minutos y cincuenta y cuatro segundos, se constató el hecho de que la afición por el fútbol de la capital había vuelto a latir. Que el arrope a un autobús y a unos jugadores con la mayor (y casi única) motivación de hacer sentir al equipo que la gente empezaba a estar con ellos pasará lo que pasará, había sido el boom definitivo a algo tan simple y tan difícil de realizar como fue el empezar a sobrescribir los recuerdos de siglos pasados con los del siglo actual.
Fueron, y creo, esos seis minutos y cincuenta y cuatro segundos los que pusieron la primera piedra para llegar a donde estamos hoy. A 90 minutos de lograr un ascenso. El mismo tiempo que en Logroño se certificó la cicatrización de unas heridas con las que ningún aficionado había tenido nada que ver y que sin embargo habían cargado a sus espaldas durante tanto tiempo. Fueron, y deseo, los seis minutos y cincuenta y cuatro segundos que el fútbol de la capital necesitaba para reconciliarse con su ser, para soltar raíces y empezar a mirar hacía delante sin la manía de echar la vista atrás. Fueron los seis minutos y cincuenta y cuatro minutos que necesitaba este proyecto, los que debían de hacerse para que, ahora sí, se fuese a la guerra sin miedo a nada. Para aventurase allí donde nunca se ganaba y ahora se empezará a hacerlo. Para, esta vez sí, ser el equipo al que la suerte le mira con ojos golosones y no el quiero y no puedo que muchas veces acostumbraba a ser.
Y así, tras una ovación que curó el alma, y una temporada de ensueño hemos llegado hasta aquí. Con la UD Logroñés jugandose un ascenso a 800 kilometros de distancia, en Malaga, sin aficionados blanquirrojos en las gradas y a día 18 de julio. Pero tras demostrarnos a nosotros mismos que sí se puede volver a Las Gaunas a emocionarse con un equipo de la capital, todo eso ahora ya da más igual, tan solo te preocupa saber dos cosas. En qué categoría volverás a emocionarte con tu equipo, si en el fútbol profesional o en el infrafutbol de una Segunda División B (que apunta a ser peculiar el curso que viene). Y segundo si trece meses y dos días después, a la ovación más espectacular recibida por la UD Logroñés en su historia le sigue la celebración del ascenso que tanto tiempo llevas deseando para el club de tu ciudad. Porque, en definitiva, aquellos fueron seis minutos y cincuenta y cuatro segundos de amor verdadero, o como diría Gigi D’Agostino… L’ Amour Toujours. Que ha pegado fuerte este año por el barrio de La Guindalera.


